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P. Michele Bianco carismático exorcista

Carismáticos y exorcistas > P. Michele Bianco

DON MICHELE BIANCO
carismático exorcista
Torre Le Nocelle (Avellino – Italia)



Por Christian Parmantier
Revista católica Stella Maris n. 438 – www.parvis.ch


Continuamos nuestro encuentro con el Padre Michele bianco, Cura del santuario San Ciriaco de Torre Le Nocelle, pueblecito de la provincia de Avellino en el sur Italia. Cf. SM 437


Padre Michele, ¿Qué siente usted mientras realiza su carisma?
Durante el ejercicio del carisma de curación, de liberación y de alabanza, sobre todo resiento, con gran fuerza, la presencia del Señor en mí. Acto seguido, noto de una forma clara, concreta, precisa al enfermo sobre el cual el Señor está interviniendo, sin que yo pueda ver su cara ni su vida personal. A veces noto que una persona está obnubilada.

¿Había tenido usted estos dones carismáticos antes de su ministerio sacerdotal?
No.

¿Y cómo empezó todo esto? ¿Cuál fue el primer acontecimiento? ¿Qué es lo que le permitió descubrir su carisma?
Estos carismas se manifestaron cuando empecé a recitar la oración de liberación para los exorcismos. También puede ocurrir que entre las personas que acompañan al poseído, haya algunas que tengan diversas patologías; como por como por ejemplo cefaleas.

¿El primer caso se desarrolló como usted acaba de decir?
El primer caso fue el de una chica del Piamonte … A menudo algunas de las personas que acompañaban a los poseídos nos pedían también una bendición, y nos dimos cuenta que si esas personas estaban aquejadas de dolores de cabeza, tipo cefaleas estas desaparecían. Si las personas sufrían de dolores de espalda o tenían dificultades para moverse, pues se encontraban mejor.
Estas personas me preguntaron si yo tenía fluidos en las manos o si todo provenía de una acción terapéutica. Yo les dije que no, que esas curaciones eran espontaneas, que ocurrían con toda simplicidad.
Como estas personas no podían explicarse estos acontecimientos, me dijeron de frecuentar una asamblea carismática para ver si, a lo mejor, era Nuestro Señor el que realmente me concedía esos carismas.
Después de mi licenciatura, durante el período en el que me especializaba en la Gregoriana y en la Universidad de Estado, en 1994, un grupo de oración carismático de Nápoles vino para pedirme que les celebrase una misa de alabanza y también hacer oraciones de curación. Durante la celebración de esta misa, por primera vez, el Señor me hizo ver claramente y sentir el corazón de esos hermanos y hermanas que El estaba tocando en esa asamblea. Yo percibía y sentía en mi corazón que el Señor tocaba la cabeza de un niño que empezó a encontrarse mejor; que la columna vertebral de una señora se enderezaba, que Nuestro Señor ayudaba a un matrimonio a reconciliarse. A la semana siguiente, esas personas, dieron testimonio y dijeron que lo que yo les había dicho se había verificado.
En 1995, encontré al Padre Dario Betauncourt que me tomó de la mano y me dijo textualmente: “Animo, coraje, no temas. Pon al servicio de la Iglesia este gran don que el Señor ha puesto en tus manos y en tu corazón. Tendrás mucho que sufrir y luchar. E incluso, si al principio encuentras algunas dificultades con los obispos, progresivamente, la Iglesia te sostendrá.” Y de hecho, en el momento en que esos carismas empezaron a emerger, un nuevo obispo llegó a Benevento. No solo, jamás puso obstáculos, sino que envió dos veces visitadores apostólicos encargados de verificar mi ministerio. Y en el informe que estos establecieron, todas las cosas positivas que yo les había hablado fueron grabadas.
En 1996, el obispo autorizó por escrito la celebración de una santa misa de intercesión por los enfermos, con la oración de curación física y espiritual y sobre todo de alabanza al Señor que se realiza en el Santuario. Antes de la celebración de la misa, los fieles pueden asistir a dos horas de adoración, así como a un comentario sobre la Palabra de Dios y sobre el pecado. Lo que conduce al pecador a darse cuenta de lo que es, en realidad, el pecado.

¿Es usted quien realiza todas las celebraciones?
Me pongo bajo la protección del Espíritu Santo. Creo que esto es también un gran signo, porque, cuando comparamos las grabaciones, se comprueba que nunca he dicho la misma cosa con conceptos equivalentes y sin exponer los mismos valores.
Lo que es importante es la composición lógica: colocarse bajo la Cruz de Jesús, revivir todo el drama de la Pasión, con la flagelación, la coronación de espinas, la condenación de Pilatos, la crucifixión…. Adorar las santas llagas de Jesús y hacer llorar y rezar a las gentes, para que sientan en sus corazones la brutalidad del pecado y tomen la decisión de convertirse y de cambiar de vida.

¿Podría usted explicarnos un poco más sobre el tema?
En los Ejercicios Espirituales, San Ignacio de Loyola aconseja que nos imaginemos el lugar para revivir toda la pasión de Jesucristo. Lo dice simplemente para estimular al sacerdote. Hemos percibido esta empatía: ponerse en sintonía con el acontecimiento de la realidad de Jesucristo.
San Ignacio, en su época, invitaba a vivir la realidad de la presencia de Cristo, naturalmente, sin las categorías del conocimiento profundo del hombre, de la antropología. Está claro que las categorías de la psicología, de la antropología, y de la sociología ayudan mucho. Así pues, esta intuición de San Ignacio es para mí extraordinaria, así como el hecho de que el hombre ha sido creado para la alabanza.
El hombre vale, espiritualmente, en la medida en la que alaba. Y San Agustín dice: El hombre vale si reza. La composición lógica para mi es fundamental. Rezar a través de las llagas de la mano derecha y de la mano izquierda, a través de la corona de espinas, a través de la sangre que cubre la cara de Cristo, el silencio de un sufrimiento desgarrador… hacer revivir esas imágenes durante la adoración, conduce al penitente al dolor de corazón. El que crea que Jesús es el Señor, dicen los Hechos de los Apóstoles, se salvará. Y San Pablo añade que hay que conseguir llorar lágrimas de sangre.
Pablo añade que hay que conseguir llorar lágrimas de sangre. Todo esto para ponerse en sintonía con el sufrimiento del crucificado que resucitó.
Una adoración tradicional no permite vivir lo que San Pablo llama “sympatheia”, es decir, de sufrir con el que sufre y también de alegrarse con el que se alegra.
También nos encontramos con el momento negativo en el que el creyente se enfrenta con el misterio de la cruz y del sufrimiento. Lo que ha de conducirle al arrepentimiento.
A partir de este arrepentimiento una vida nueva puede nacer. Y la alegría de la vida nueva se convierte en exultación; la dulce euforia del Espíritu Santo, dice San Pablo; cuando el Espíritu Santo baja y cambia los corazones nos hace sentir la felicidad, la alegría y dulce embriaguez, tal y como hicieron la experiencia los apóstoles, la mañana de Pentecostés.
Estar embriagados por la moción del Espíritu Santo nos aporta tal alegría que no la podemos contener y nos empuja a compartirla, sobre todo con el hermano o la hermana que sufren y que aún no han hecho la experiencia de la alegría del Amor de Dios.
Así pues, en este sentido he vuelto a introducir esta intuición de San Ignacio, (que no es nada más que continuar el camino de los ejercicios espirituales), hasta hacer que el drama de la pasión aparezca en las mentes como si lo palparan. El hecho de representarse, visiblemente en la imaginación, los acontecimientos de la Pasión da resultados excepcionales, sobre todo con el sacramento de la reconciliación. Muchos se sienten empujados a ir confesarse. Muchos han sentido, interiormente, la invitación a la conversión, tal y como Pablo añade que hay que conseguir llorar lágrimas de sangre. Todo esto para ponerse en sintonía con el sufrimiento del crucificado que resucitó.
Una adoración tradicional no permite de vivir lo que San Pablo llama “sympatheia”, es decir, de sufrir con el que sufre y también de alegrarse con el que se alegra.
También nos encontramos con el momento negativo en el que el creyente se enfrenta con el misterio de la cruz y del sufrimiento. Lo que ha de conducirle al arrepentimiento.
A partir de este arrepentimiento una vida nueva puede nacer. Y la alegría de la vida nueva se convierte en exultación; la dulce euforia del Espíritu Santo, dice San Pablo; cuando el Espíritu Santo baja y cambia los corazones nos hace sentir la felicidad, la alegría y dulce embriaguez, tal y como hicieron la experiencia los apóstoles, la mañana de Pentecostés.
Estar embriagados por la moción del Espíritu Santo nos aporta tal alegría que no la podemos contener y nos empuja a compartirla, sobre todo con el hermano o la hermana que sufren y que aún no han hecho la experiencia de la alegría del Amor de Dios.
Así pues, en este sentido he vuelto a introducir esta intuición de San Ignacio, (que no es nada más que continuar el camino de los ejercicios espirituales), hasta hacer que el drama de la pasión aparezca en las mentes como si lo palparan. El hecho de representarse, visiblemente en la imaginación, los acontecimientos de la Pasión da resultados excepcionales, sobre todo con el sacramento de la reconciliación. Muchos se sienten empujados a ir confesarse. Muchos han sentido, interiormente, la invitación a la conversión, tal y como ocurrió con los auditores del primer discurso de San Pedro en Pentecostés.

¿Predica usted la contemplación de la Pasión de Jesús?
Eso es. Meditamos, reviviendo los sufrimientos de Jesús desde Su agonía en el Monte de los Olivos hasta la crucifixión, con la efusión de la Sangre, del Agua y del Espíritu. Ver en el Evangelio de San Juan donde dice que Jesús entregó el Espíritu, sobre María y San Juan, que fue, si podemos llamarlo así, una primera efusión del Espíritu.

¿Usted insiste pues, sobre el sufrimiento de Jesús para atraer a los corazones?
Creo que los carismáticos católicos deben distinguirse de los otros movimientos carismáticos precisamente por la Cruz. Si quitamos el misterio de la Cruz y su poder salvífico, no se distingue el Catolicismo Católico Romano del protestantismo pentecostista.
Creo que es fundamental confrontarse con el misterio de Jesucristo y poner nuestros problemas bajo la dimensión de la Cruz de Cristo y vivir la Cruz del Viernes Santo como un acontecimiento de sufrimiento y de victoria.
Los carismáticos deberían, en mi opinión, apropiarse esta dimensión extraordinaria. Así como deberían apropiarse la Virgen María que ella también fue incluida en el ministerio de la Evangelización
Si retiramos la Cruz, y retiramos a la Virgen María, nada nos distinguirá de los protestantes.
Hay que darse cuenta que nos dirigimos a pasos agigantados Hay que darse cuenta que nos dirigimos a pasos agigantados hacia el protestantismo, tenemos que ver que esta sensibilidad carismática puede ayudar a muchos fieles a volver a practicar el catolicismo. Partiendo del misterio de María y de la Cruz podremos recuperar este acontecimiento del cristianismo para que avance nuestra Evangelización Católica, Apostólica y Romana. Dos realidades que deberían llevar a los Carismáticos hacia el Espíritu Santo.

En esta época, cuando se habla de la Cruz, muchos hacen hincapié sobre la dimensión del perdón y de la misericordia.
El Perdón y la misericordia, están muy unidos a la Cruz.
Zacarías dice: “Mirarán al que traspasaron”! Y San Juan se refiere a esta afirmación. La dimensión del Crucificado- resucitado es fundamental.
Es Jesús el que cura a través de Su Pasión y de Su muerte. El concepto de expiación es fundamental. La expiación es la remisión total del pecado. San Pablo en su segunda carta a los Corintios, … El maldito se transforma en maldición a los ojos del Padre para borrar nuestras faltas y pecados.
Así pues, en este momento, el drama infinito de la humanidad de Cristo, la “Persona” de Cristo, hay que considerarla precisamente en la dimensión de la humanidad del hombre, casi desdoblándolo, separándolo de la dimensión del Dios hecho hombre, porque es realmente el Hombre-Dios el que sufre.
Gracias a todo este sufrimiento el Hombre-Dios es redención. Es justamente en el momento en que, en apariencia, todo estaba perdido, el hecho de ver la evidencia del fracaso psyco-fisico, el comprobar la postración total de Cristo, que a través de la Sangre y del Agua vertidas de Su Corazón perforado por la lanza, El, el Crucificado, se revela como el cordero de Dios Inmolado.
A través de todos estos sufrimientos el Cristo nos invita a volver a Su Amor. Todos estos sufrimientos trágicos no se pueden eliminar a la ligera pues paradójicamente son los sufrimientos trágicos de un Dios los que dan la paz a la humanidad.

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